12 de enero de 2011

Desalojados

Hace unas horas nos han sacado de nuestra segunda casa. De la que nos ha cobijado por años, donde se respira un poco de cada uno se nosotros, de la que tantos se han ido sin olvidar su dirección, porque todos (Todos!) tarde o temprano regresan...

Nos la quitaron paulatinamente. Primero, quisieron bajar la puerta a golpes, pero nuestros cantos eran más fuertes. Eran cantos de alegría, de juventud, llenos de energía, que parecían botar más puertas que sus golpes. Nos daba una sensación liberadora, propia de lo que haces por gusto, no por obligación...

En los muros de la casa contamos la historia de nuestra adolescencia, como un melodrama, como una melodía, como un poema, como una comedia a ratos. Se leía nuestra esencia en ellos a través de la sinfornía de colores y texturas. Lo segundo que ellos hicieron fue pintarlos de blanco, como una censura, porque les ardían los ojos al vernos.

En los muebles creamos danzas libres, más que contemporáneas, según lo que el día nos decía. De lo clásico a lo callejero, porque en nuestra casa había mucho de la calle también: Una cotideaneidad, un algo azaroso, ese aspecto de ajeno y propio que te dan las calles de tu ciudad, una mezcla de despreocupación y cariño. Bailamos tangos y pachangas, absortos.

Y si hubo danzas, hubo música... Reventamos parlantes y guitarras, quedamos con las gargantas apretadas. Pero ellos desconectaron los equipos, cortaron las cuerdas, tomaron un silbato e hicieron silencios mortíferos.

Mas nuestro narrador, entrenador y amigo nos buscaba tarros y campanas, para que volviéramos a la música. Porque con él las ideas descabelladas tenían cuerpo y voz...

También era sicólogo y espectador de nuestras teleseries. Por supuesto, banquetero infaltable. Porque en nuestra casa se hacían grandes fiestas, para recibir a los nuevos moradores y conmemorar las fechas que nos gustaban.

Nos reuníamos a pelear a ratos. Sólo a ratos, pues las molestias duraban cinco minutos. Nos reuníamos y movíamos gente, creábamos, visitábamos a otros que estaban solos. Llamaban a menudo para que compartiéramos.

Ellos, ellos llegaban de repente y nos encerraban por horas con pretextos absurdos, como letanías... Los más chicos comenzaban a caer dormidos, y los grandes quedábamos con el gusto en la boca de comida sin sabor, de tiempo perdido.

Nosotros sabíamos lo que cada uno podía y gustaba, por eso trabajábamos bien. Ellos nos pusieron etiquetas, nos dividieron en castas a su antojo. Nosotros dominábamos nuestros tiempos, en cambio ellos marcaban nuestras agendas.

Nosotros luchamos para mantener en alto la casa. No teníamos dinero, pero inventamos trabajos para conseguirlo y comprar lo que necesitábamos para vivir ahí o para viajar y oler el bosque y el mar. Para encontrarnos con las estrellas y verlas la noche entera, para levantarnos cansados de alegría.

Ellos nos dijeron que tiráramos todo. Hicieron títulos de propiedad sobre todas esas, nuestras luchas. Ellos inventaron historias para llevarse a muchos de los moradores antes.

Ellos llegaron un día y se llevaron al narrador. Pusieron a una mujer que dibuja una sonrisa sobre su rostro, y que mueve los hilos de títeres de mal gusto. Ellos nos hicieron empacar nuestras cosas de pronto, para que llegaran otros y usaran nuestras cosas, para que no tuviésemos de qué afirmarnos.

El narrador se fue a la casa de al lado, con una taza de café en las manos. Secándose a escondidas las lágrimas, para que los moradores no lo viésemos. Pero los moradores estamos más grandes que antes, y no podemos más que llorar con él. Nos colgamos de sus hombros, lo abrazamos reteniéndolo, porque la confianza y la amistad construidas son imborrables, porque quien ama lo que hace es amado. De pronto, llega la mujer y nos toma del cinto, hasta que el narrador cierra la puerta por fuera.

Ellos nos quieren quitar la casa. Nosotros llevamos la casa en el alma.